“Trumpazo”

Los medios y las encuestas anticipaban una derrota del Brexit; ganó claramente. Después auguraban el triunfo del SÍ en Colombia; ganó estrechamente el NO. Ahora se la jugaron por Hillary Clinton y es Donald Trump quien aparece como inesperado vencedor. ¿Qué elementos comunes tienen estas tres situaciones en que las predicciones fallaron tan lamentablemente?

Uno diría que, en todos los casos, la alternativa que perdió tenía el apoyo del “progresismo” y de la “corrección política”. Artistas, deportistas, gente de la televisión, se inclinaban abrumadoramente por el No al Brexit, el SÍ a Santos en Colombia y por Hillary contra Trump. Lo de Colombia fue patético: un escenario lleno de blancas palomas entre las que había ex guerrilleros, periodistas, artistas, Raúl Castro y otros cuantos exponentes de la fauna de la corrección política hizo de marco para una simbólica firma de la paz que luego fue derrotada en las urnas. Es que había mucha gente linda, pero en definitiva la mayoría de ellos ni siquiera votaba en el plebiscito. O si lo hacían eran muy pocos. En jerga de barra brava: “Son cincuenta”.

En el caso de Donald Trump, circulaban también cifras de apoyo en distintos países del mundo a los candidatos (¿era información relevante?). Por supuesto, el republicano perdía la elección por paliza en esos lugares donde la gente no votaba. Me atrevo a sugerir, incluso, que la hostilidad de la prensa hacia Trump (merecida a veces) fue al final funcional a la estrategia de su campaña. Más de 200 medios de comunicación en Estados Unidos declararon abiertamente su adhesión a Hillary Clinton y algunos hicieron virulentas campañas contra su rival, como el New York Times. Trump usó esto para su provecho y situó a la prensa (“the media”), así como a los políticos (Washington), entre los poderosos a los que su candidatura desafiaba y vencería. En definitiva, como algunos lo advirtieron antes de saber los resultados, esta fue una elección sobre Trump. Una estrategia oriental de lucha, donde se usa la fuerza del adversario en beneficio propio.

Nadie lo daba por ganador. En los debates, las grandes cadenas (muy notoriamente CNN) se inclinaban por Hillary. Sólo un par de encuestas dio por ganador a Trump, como la de IBD/Tipp y la de Los Angeles Times/USC, pero tuvieron escasa cobertura en los medios. Como lo señaló con amargura una columna en el Washington Post, otro periódico progresista: “Los periodistas no estaban escuchando”. Simplemente, porque querían ver otra cosa y estaban emocionalmente comprometidos en la contienda.

Hubo en todos los casos un voto oculto, pero fue inducido por el compromiso y en algunas ocasiones el poco profesionalismo de los medios, que ridiculizaban y estigmatizaban la opción que en definitiva ganó. Interesante discusión acerca de ética y práctica periodística (muchas veces el fenómeno puede ser involuntario) en la que no voy a abundar.

Es cierto que en la votación de Trump hay un componente de protesta, pero es dudoso que sea contra la elite. Se exagera y se instrumentaliza ese elemento. Decir que los votantes de Trump se pronunciaron contra Wall Street o contra la desigualdad, como lo han hecho analistas chilenos, es patético. Para luchar contra la desigualdad, votar por Trump…

La evidencia, además, no sostiene bien esas hipótesis y los datos se ignoran, o se ocultan. La gente de menores ingresos votó más por Hillary Clinton que por Trump (53% contra 41%) entre los que ganan menos de 30.000 dólares al año y 51% contra 42% en los que están entre 30.000 y 50.000 dólares anuales. La clase media y los más adinerados votaron más por Trump. Eso dicen las cifras. También dicen que en las grandes ciudades ganó holgadamente Hillary Clinton y que en ciudades chicas y localidades rurales ganó Trump.

En 2013 Moisés Naím publicó un celebrado libro llamado “El fin del poder” en que daba cuenta de lo complejo que se hacía ejercer el poder y cómo las instituciones que tradicionalmente lo detentaban —políticos, iglesias, medios de comunicación— se veían desafiadas por una ciudadanía desconfiada que sacaba sus propias conclusiones y se formaba sus opiniones. Un poco antes, fines de 2012, publiqué un libro, menos celebrado por cierto, llamado “El regreso del modelo”, donde intentaba explicar el descontento que afloraba en nuestra sociedad por esos días y caractericé lo que ocurría como una “desintermediación” en que la ciudadanía “se saltaba” a los centros tradicionales de poder.

Lo que las últimas elecciones nos están indicando es que una de las fuentes de poder más desintermediadas hoy en el mundo son los medios de comunicación, a lo que las redes sociales contribuyen de manera crucial. Y aunque a ellos (los medios) les cueste reconocerse como parte de esa tribu, objetivamente lo son y están entre quienes más se han visto afectados por esta desconfianza hacia las elites.

Columna de Luis Larraín, Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo, en El Líbero.

http://lyd.org/centro-de-prensa/noticias/2016/11/columna-luis-larrain-libero-trumpazo/